¿Cuánto dolor sienten los bebés?

Notas Inf Redes Sociales 47 / Medical Solutions
Cada vez es más habitual que las parejas que van a ser padres acudan, entre la semana 24 a la 32 de gestación de la madre, a clínicas especializadas para captar imágenes del bebé antes de que nazca. Un primer encuentro, digital, antes de abrazarle. Las imágenes se repiten, con la mirada atenta a la pantalla del ecógrafo, los futuros progenitores se sorprenden y, en la mayoría de las ocasiones, no pueden evitar emocionarse e incluso dejar deslizar una pequeña lágrima por sus mejillas, cuando la cara de su hijo o hija aparece por primera vez ante ellos. Retratos en color sepia que con una alta definición muestran como el niño o niña sonríe, bosteza, parpadea, hace una mueca de enfado, se toca la mejilla o tiene su pulgar en la boca. Algunas grabaciones han llegado a reproducir expresiones cercanas a muecas de dolor.
Gestos que, posteriormente, en los primeros meses de vida de los más pequeños, se repiten y que, en el caso de tratarse de dolor, las familias no suelen acertar a descifrar, confundiéndoles con calor, hambre, cansancio o sueño. Y es que, hasta principios de los años 80, los médicos pensaban que los recién nacidos apenas sentían dolor basándose en que su sistema nervioso no era lo suficiente maduro como para procesar los estímulos de dolor de manera adecuada. Años más tarde, la doctora Ruth Grunau y Kenneth Craig, del departamento de Psicología de BC Children´s Hospital de Vancouver (Canadá), realizaron un estudio en el que filmaron las caras de los recién nacidos a los dos días de nacimiento mientras les extraían sangre. Observaron que los bebés, tras recibir el pinchazo, tenían una expresión facial concreta: apretaban los ojos con fuerza, arrugaban las cejas, abrían mucho la boca y tensaban la lengua. Un conjunto de muecas que los adultos también hacen cuando sufren dolor.
La capacidad de adquirir memoria explícita de las experiencias dolorosas va asociada con un grado de desarrollo cerebral y maduración de las cortezas asociativas que se produce alrededor de los tres años de vida. “Eso no significa que en el sistema nervioso de los niños cuando son mayores no queden algunas “muescas” de haber sufrido dolor en edades tempranas, especialmente con una mayor vulnerabilidad para padecer dolor crónico. Por ejemplo, se constató que los niños que padecían dolor en una unidad de cuidados intensivos neonatales cuando llegaban a los siete años eran más proclives a sufrir cefaleas. Muchos cambios comportamentales a largo plazo de los niños mayores y adolescentes, hoy en día, se relacionan con estas experiencias dolorosas. En el caso del adulto, la experiencia del dolor se integra en la propia biografía de un modo más determinado en cuanto a la fecha de inicio y las circunstancias acompañantes”, afirma la anestesióloga pediátrica.
Por eso, es importante que los progenitores sean capaces de diferenciar cuándo un niño está molesto por el dolor o cuándo está inquieto por otras causas. Beatriz de la Calle mantiene que “en los niños “no verbales” es decir, aquellos que no pueden expresarse por su edad o por discapacidad (neurológica fundamentalmente); hay que complementar la información acerca de lo observado por los padres o cuidadores, buscando conductas específicas de cada niño, conductas de dolor típicas (respuesta de llanto, gemidos, incapacidad para ser consolado, aumentos del tono…) y también atípicas (risa, volverse retraídos, aumento de agresividad o reducción de la expresividad facial)”. Además, es crucial valorar el contexto en el cual se produce el llanto del niño, pues “no hay que olvidar que la respuesta de los padres ante un episodio de llanto puede influir en su comportamiento posterior, ya que los niños aprenden de nuestras reacciones”, asegura este miembro de la SERI.
Para Jordi Miró, director de la Cátedra de Dolor Infantil Universidad Rovira i Virgili-Fundación Grünenthal, es necesario que los padres y madres den importancia a sus hijos cuando dicen que les duele algo. Y también los profesionales. De hecho, en su opinión, “la escasa formación de los profesionales sanitarios en relación con el manejo del dolor (particularmente con el crónico infantil) es una de las principales barreras para mejorar la atención que reciben estos niños y sus familias”.
Fuente: El País

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